¡Conócete a ti mismo!

A lo largo de su carrera iniciática, el adepto deberá aprender que aquello que retrata el es­pejo es solamente su apariencia, una imagen transitoria del ser individual someti­do a las le­yes del devenir, una ilusión cambiante y contingente, y por tanto, todo aque­llo con lo cual no debe identificarse, ni reconocer como el fin del proceso, pues de ser así, quedaría atrapado en la rueda de la vida. El mayor error y más grande enemigo del iniciado es identificarse con los aspectos puramente formales, caducos, egóticos y cambiantes del ser individual en lugar de verlos como simples destellos o reflejos transitorios del ser universal.

No se sabe con certeza cuándo apareció el espejo en la vida del hombre; lo cierto es que se encuentra desde la más remota antigüedad, en los mismos albores de la Hu­manidad, cuando todavía no existía la Historia, tan sólo oscuros recuerdos, relatos y le­yendas fantásti­cas. Se han encontrado espejos en todas las civilizaciones, en América, Asia, África y Euro­pa. La alusión que hacemos respecto a los espejos y la iniciación masónica, está basada en la antigua formula délfica del conócete a ti mismo, la cual es la primera fase del trabajo del Aprendiz. Es decir, el reconocimiento de la antropolo­gía espiritual del hombre.

El Aprendiz, como lo expresan Oswald Wirth y otros estudiosos de la masonería, re­presenta la primera etapa en la vida del hombre, en la cual tiene predominio la volun­tad y los sentidos mediante la experiencia. Cuando decimos que el Aprendiz es asediado por los espejos, es arrancarse la máscara y desvelar aquello de quién so­mos, salir de la masa, despertar el individuo. Es por tanto el principio de la libertad inte­rior del conócete a ti mismo.

Jorge Sanguinetti, en su libro Espiritualidad y Masonería, hace referencia a un antiguo lema que dice que el masón se ocupa de «reunir lo disperso y llevar la luz». Al res­pecto expresa:

Atraer y reunir a todos los que alberguen en sí esta vocación de búsqueda y de servicio, para juntar a los hombres buenos que de otra manera no llegaría a co­nocerse entre sí. Pero el lema también puede referirse a la necesidad de congre­gar a todas las potencias, de juntar todo lo que el análisis especulativo ha separa­do, reunir inteligencia y voluntad, razón y fantasía, interior y exterior, percepción y sentido, alma y cuerpo en una sola cosa que es el Hombre mismo indiviso, que siente, razona, entiende, ama y actúa con todo su ser sin dejar afuera nada.

Sanguinetti cita a un viejo sabio quien expresó por allí: Conócete a ti mismo y cono­cerás al Uni­verso. Al respecto, se pregunta: ¿Es tan difícil ser simple? Es tan difícil mi­rar sin el co­lor de un cristal prestado? Lo disperso está en todas partes, esperando el llamado de la unidad y, a partir de esa unidad, la luz se expande oportunamente por causa, de nuevo… El sabio Salomón decía: de la abundancia del corazón habla la boca. 

¿Con la masonería hallaré mi camino?, esa es la pregunta que puede hacerse el Neófito. La Masonería se diferencia de otras instituciones como la dadora de las he­rramientas necesarias, así como lo que busca uno mismo, sin tener Dogmas estrictos o rígidos, procurando y fomentando ante todo la libertad absoluta de conciencia o pensamiento, incitando a la búsqueda cons­tante de la Verdad, ya que en Masonería nunca se deja de ser Aprendiz. A través del método iniciático, el Iniciado comprende por sí mismo el objetivo de su búsqueda.

Entendemos, por lo tanto, muchas de las respuestas que buscamos se hallan en uno mismo. Tal y como se indicaba en el templo del Oráculo de Delfos situado en la Antigua Grecia.

Te advierto, quien quieras que fueres, ¡OH! Tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encon­trar otras excelencias? En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros. ¡OH! Hombre, co­nócete a ti mismo y conocerás el universo y a los Dioses.

 

El conócete a ti mismo en Masonería, no equivale simplemente a conocerse como actualmente sé es. Conocerse, para un masón, significa no pecar de ignorante y saber hasta dónde puede un ser humano llegar a evolucionar y a desarrollar su templo interior. Sólo el Yo interior puede darle al masón un conocimiento justo del sentido de las cosas y asimila a través del método masónico basado en el simbolismo y lo que le dictamine su conciencia.

Como decía el poeta argentino de origen italiano Antonio Porchia: Casi siempre es el miedo de ser nosotros lo que nos lleva delante del espejo.

Ángel R. Medina

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