Giordano Bruno, el hereje

En los albores de un milenio, nos planteamos tristemente el valor de aquello que han forjado nuestras ambiciones en los tres últimos siglos, semillas de esperanza que fructifican como pesadillas de plomo.

Giordano Bruno es el filósofo para aquellos que hallan una raíz mística en la ciencia, no para los que se envanecen de sus frágiles y quebradizos conocimientos, sino que visten y dan esplendor a sus conocimientos con sus actos.

Y es que Bruno, antes que Galileo presentase tímidamente las pruebas del sistema heliocéntrico, ya hablaba de infinidad de mundos, de soles y tierras, partículas vivas y conscientes en este inmenso Ser que es el Universo y que Bruno llamaba el TODO EN TODO. Un filósofo que, adelantándose a las actuales hipótesis Gaia, presenta a la tierra como un gigantesco organismo que respira, piensa y coordina con voluntad propia sus mecanismos automáticos. Tierra que se renueva continuamente, en el eterno devenir de sus giros.

Un gran conocedor de los misterios del alma, que trescientos años antes que Jung, nos habla de símbolos vivos que rigen el mundo de la psique, símbolos comunes para la Humanidad, y que en armonía con la naturaleza hacen resplandecer el alma y devuelven la salud perdida en el desequilibrio.

Un mago para el que todo se halla interrelacionado en la Naturaleza por invisibles hilos, como una inmensa caja musical en la que resuena incesantemente el PAN TO PAN (“todo está en todo”) de los clásicos y como si fuese una cuerda vibrante de conciencia al ser pulsada por la Divinidad inmanente en todas las cosas, se convierte en una Fuerza Viva al servicio de la Naturaleza.

Un héroe que defendió con su vida sus principios y a quien la incomprensión y críticas de su tiempo no abatieron. A quien los fríos y lacerantes dedos de la tortura durante más de siete años no arrebataron su inquebrantable convicción de cuanto enseñó.

Sobre la materia y el espíritu en el universo

El Universo es el símbolo más acabado y perfecto de Dios-Uno. Es la huella dinámica de la Unidad, pero nadie puede comprender esta Unidad que está “detrás” de todas las cosas si no es a través del número, de la aparente pluralidad de los seres.

El Universo es un inmenso ser vivo donde las formas nadan y se visten de materia. La finalidad del Universo consiste en que todo lo que puede existir (es decir, lo que existe en potencia), llega a tener existencia (en acto).

El espíritu es el principio que genera la forma desde el interior de la materia, pero sin entrar en la composición con ella. Mantiene la armonía de los elementos contrarios. Entreteje los hilos del Destino (hilos que son la misma esencia de la materia). Fabrica, contempla y conserva el edificio del Universo. Es también su destructor, por no poder anudar eternamente temperamentos contrarios.

El espíritu y la materia son ambos infinitos y eternos. Como no pueden coexistir a la vez dos infinitos juntos, espíritu y materia son esencialmente lo mismo (ahí está el gran enigma que nadie puede responder, el koan zen de “¿cuál es el batir de la palma de una sola mano?”).

Su pensamiento sobre el cosmos

La ciencia de su tiempo situaba a la tierra en el centro del Universo. Rodeada de esferas concéntricas y cristalinas, donde giran los siete planetas (incluidos el sol y la luna). Más allá estaba la octava esfera, en movimiento opuesto al de los planetas, donde están insertadas las estrellas fijas. Y tras esta esfera el Empíreo, donde todo es estable.

Giordano, recogiendo las enseñanzas de Copérnico, sitúa al sol en el centro de un sistema en torno al cual gira la tierra, la luna y los planetas. Pero va aún infinitamente más lejos: Copérnico puso al sol en el centro de su Universo. Giordano explica que, como el Universo es infinito, carece de sentido hablar de partes o de centro, pues en lo infinito cualquier punto es el centro. Las estrellas no son las lamparillas puestas por Dios en la octava esfera, sino soles como el nuestro o incluso superiores, soles que están dispersos en la inmensidad, sin límites del espacio infinito.

Toda la obra de Giordano está impregnada del milenario hermetismo. En ella resuenan sus principios: EL TODO ESTÁ EN TODO, todo, incluso la aparente materia muerta, está viva. El movimiento y la vibración es la esencia de la vida. Todos los cuerpos celestes participan de esta Vida-Una, y tienen una inteligencia o alma que los rige.

La tierra es un ser vivo (la moderna hipótesis GAIA es tan antigua como el hombre): -es preciso que se mueva “en torno a su propio centro para participar de la luz de las tinieblas, del día y de la noche, del calor y del frío, que se mueva alrededor del sol para participar de la primavera, verano, otoño e invierno; hacia los llamados polos o puntos hemisféricos para la renovación de los siglos y la mutación de su rostro”.

Los seres vivos, incluidos los humanos, no son para él más que accidentes en la capa exterior de los verdaderos vivientes que son los cuerpos siderales. Sin embargo, la mónada (el hombre interno) tiene la virtud de reflejar el cosmos entero.

Nos preguntamos ¿cómo pudo Giordano lanzar hipótesis cosmológicas que se adelantaban casi medio milenio a sus contemporáneos?

Él explica que la inteligencia puede penetrar en los senderos escalonados de las causas verticales. El filósofo puede, mirando en lo profundo de su alma, obtener todo saber mediante la luz del discernimiento. Como la mónada es una chispa emanada de la divinidad, contiene en sí, como un espejo de diamante, la imagen de todo el Universo. Es preciso apartarse de los objetos de sensación y no confiar en ellos más verdad de la que poseen. Esto sería como tratar de desvelar los misterios del sol mirando sus reflejos en las aguas turbulentas:

“… saber calcular, medir, geometrizar y perspectivizar no es sino un pasatiempo para locos ingeniosos”

Una condena anunciada

Giordano Bruno pasó siete años en la cárcel de la Inquisición en Roma, junto al palacio del Vaticano. Sus mazmorras eran famosas y temidas. Se encerraba a los prisioneros en celdas oscuras y húmedas, desde las cuales se podían oír los gritos de los prisioneros torturados y donde el olor a cloaca era insoportable. Cuando compareció ante el tribunal, en enero de 1599, era un hombre delgado y demacrado, pero que no había perdido un ápice de su determinación: se negó a retractarse y los inquisidores le ofrecieron cuarenta días para reflexionar. Éstos se convirtieron en nueve meses más de encarcelamiento.

El 21 de diciembre de 1599 fue llamado otra vez ante la Inquisición, pero él se mantuvo firme en su negativa a retractarse. El 4 de febrero de 1600 se leyó la sentencia. Giordano Bruno fue declarado hereje y se ordenó que sus libros fueran quemados en la plaza de San Pedro e incluidos en el Índice de Libros Prohibidos.

Al mismo tiempo, la Inquisición transfirió al reo al tribunal secular de Roma para que castigara su delito de herejía “sin derramamiento de sangre”. Esto significaba que debía ser quemado vivo. Tras oír la sentencia Bruno dijo: “El miedo que sentís al imponerme esta sentencia tal vez sea mayor que el que siento yo al aceptarla”.

El 19 de febrero, a las cinco y media de la mañana, Bruno fue llevado al lugar de la ejecución, el Campo dei Fiore. Los prisioneros eran conducidos en mula, pues muchos no podían mantenerse en pie a causa de las torturas; algunos eran previamente ejecutados para evitarles el sufrimiento de las llamas, pero Bruno no gozó de este privilegio. Para que no hablara a los espectadores le paralizaron la lengua con una brida de cuero, o quizá con un clavo. Cuando ya estaba atado al poste, un monje se inclinó y le mostró un crucifijo, pero Bruno volvió la cabeza. Las llamas consumieron su cuerpo y sus cenizas fueron arrojadas al Tíber.

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