El dogma del fanatismo

“Cree lo que yo creo y lo que no puedas creer, o perecerás. Cree o te aborrezco, cree o te haré todo el daño que pueda”, es para Voltaire, el dogma del fanatismo.

 

Nadie ha escrito que el fanatismo es el reverso de la ética. Pensemos que sí lo es. El fanatismo, el fanático, tiene la capacidad de borrar todo. Todo significa lo que da, o debería dar, significado al ser humano. Ética, compasión, justicia, libertad, familia, solidaridad, amistad, otredad, verdad, y pensar en el otro como un ser cercano son elementos consustanciales al ser humano. Esos valores forman parte del capital ético inherente a nuestra condición. El listado previo, y los que quiera agregar el lector, carecen de importancia para los fanáticos.

El fanatismo que hoy asuela al mundo es, sobre todo, religioso, racial y nacional —nacionalismos. Otros fanatismos no declarados, el del Banco Mundial, el del Fondo Monetario Internacional, el de las Bolsas de Valores o el de los bancos, también dañan y acaban con seres humanos, nunca de la misma forma que el religioso pero de ninguna forma despreciable. Las matanzas del Estado Islámico y su diseminación cancerígena es la máxima expresión del fanatismo contemporáneo. Su malignidad y brutalidad no deben hacernos olvidar las reglas de los organismos mencionados y sus nefastas consecuencias para las poblaciones endeudadas.

Según Amos Oz, la esencia del fanatismo “reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar”. Con Amoz agrego: Eliminar todo diferendo y aceptar las reglas de su ideología, si acaso es válido llamar ideología su modus operandi, son metas del fanatismo.

De un plumazo, el fanático borra al ser humano: acaba con su historia y destruye sus valores, su ética. Lo que sorprende del fanatismo es su capacidad de diseminación. Aunque no existen estudios sobre la capacidad “exacta” de contagio de las diversas formas de fanatismo, parecería que su facilidad para contagiar es “alta”. Basta enterarse del número de europeos afiliados al Estado Islámico (aproximadamente 30,000 personas) o la convocatoria de los movimientos fascistas en Europa, como Pegida en Alemania —“Patriotas europeos contra la islamización de Occidente”— cuyos seguidores, fanáticos a su modo, son, aunque por ahora no asesinan, un caldo de cultivo que tarde o temprano estallará.

“Cree lo que yo creo y lo que no puedas creer, o perecerás. Cree o te aborrezco, cree o te haré todo el daño que pueda”, es para Voltaire, el dogma del fanatismo. Amos Oz reescribe en Contra el fanatismo (Siruela, Madrid, 2013) la idea de Voltaire: “El fanático se desvive por uno, o nos echa los brazos al cuello porque nos quiere de verdad o se nos lanza a la yugular si demostramos ser unos irredentos”.

Los fanatismos son males endémicos, contagiosos. ¿Por qué se contagian y por qué la ética no se contagia?, o bien, ¿por qué se disemina el Mal y no el bien, el Mal y no la ética? Esa pregunta es la que deben (debemos) responder las personas preocupadas por la ética y por el futuro del ser humano y de la Tierra. Hoy, el fanatismo lleva la delantera. Han fracasado políticos, religiosos no fanáticos, las ciencias y los frutos del conocimiento así como las políticas económicas. Tras los tropiezos de los modelos imperantes queda la ética laica. Diseminarla en casa y en escuelas laicas es quizás la única opción para contrarrestar el mal del fanatismo.

Arnoldo Kraus

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